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Mientras los fondos globales exigen liberar el tipo de cambio, el Gobierno resiste. El dólar dejó de ser una variable económica y se transformó en el nervio central del poder político. Milei lo sabe: si devalúa, se cae el país; si aguanta, compra tiempo.
Política 10/11/2025
En la Argentina, el dólar no cotiza: gobierna. No sólo define precios, sino estados de ánimo. Es el termómetro emocional de una sociedad que aprendió a traducir sus miedos en tipo de cambio. Por eso, cuando Javier Milei decide mantener el esquema de bandas, no defiende una teoría económica: defiende su capital político.
Los grandes fondos internacionales —Pimco, JP Morgan, BlackRock— empujan para liberar la cotización. Quieren flotación, previsibilidad y, sobre todo, libertad para entrar y salir sin perder rentabilidad. Pero Milei, que construyó su discurso en nombre de la libertad, eligió limitarla. “Vamos a mantener el esquema de bandas”, dijo al Financial Times, y con esa frase cruzó el Rubicón del realismo político: antes que el manual, el poder.
El razonamiento es tan simple como brutal: si devalúa, se desmorona todo. El shock de precios lo hundiría políticamente y destrozaría los balances de las empresas locales endeudadas en dólares. Los fondos externos se asegurarían el repago, pero el país quedaría al borde del estallido social. Milei no es economista ingenuo: entendió que en un país bimonetario el dólar no se flota, se administra.
El mensaje de Pimco —“dejen flotar su moneda o no habrá inversión”— sonó a ultimátum. Pero el Presidente no se movió. Eligió el silencio de quien sabe que el margen se achica y que su autoridad depende de un número que no debe moverse. Si el dólar es el eje simbólico del país, moverlo sin red es suicida.
La estabilidad como utopía y trampa
Lo que Milei protege no es sólo un precio de referencia, sino un mito funcional: el de que un dólar quieto equivale a orden. En la Argentina, todo está indexado: tarifas, combustibles, deuda, salarios, alimentos. Si el dólar sube, la cadena completa se recalienta. Mantenerlo estable es sostener una ilusión colectiva de control.
El libertario terminó aplicando, sin decirlo, una forma de populismo monetario: proteger la paridad como herramienta de paz social. No por convicción keynesiana, sino por necesidad de supervivencia. En un país donde la recesión opera como anestesia inflacionaria, el Gobierno prefiere la quietud a la coherencia. El resultado es una economía sin crecimiento, pero sin estallido.
Los manuales clásicos dirían que un dólar alto genera competitividad. Marcelo Diamand ya advertía lo contrario: cuando la actividad se recupera, crecen las importaciones y vuelve la presión sobre las divisas. Es el ciclo argentino: devaluar para crecer y crecer para volver a devaluar. Milei intenta romper ese bucle sosteniendo una calma artificial que, paradójicamente, lo fortalece.
Su gran paradoja es política. El presidente que prometió dinamitar el Banco Central hoy depende de él más que nunca. Cada decisión cambiaria pasa por ese edificio que juró incendiar. Lo que lo mantiene en pie no es la teoría, sino la disciplina: contener el dólar para contener a la sociedad. La estabilidad es hoy la religión del régimen.
El viaje, los fondos y la opacidad
En Nueva York, Milei vendió optimismo ante el Council of the Americas. Enumeró reformas, habló de seis años de estabilidad institucional y prometió continuidad. Pero en las mesas de los grandes ejecutivos la pregunta fue una sola: “¿Hasta cuándo puede sostener el ancla?”.
Pimco lo presionó públicamente; JP Morgan enfrió la posibilidad de un préstamo conjunto. El diagnóstico de Wall Street es unánime: sin tipo de cambio libre, no hay nuevos capitales. En Buenos Aires, Caputo celebró los flujos del FMI, los swaps con el Tesoro estadounidense y la recompra de deuda. Pero detrás del maquillaje financiero, la inversión real sigue sin aparecer.
La economía argentina sigue atada a dólares prestados, no productivos. En los balances oficiales aparecen como “confianza externa”; en la realidad, son parches. La falta de transparencia alimenta sospechas. Ni el Banco Central ni el Tesoro explican el verdadero alcance de los acuerdos con Washington. El mercado intuye que parte del swap se activó para cubrir pagos al Fondo, pero nadie lo confirma.
En la city, los analistas repiten una idea que ya circula como mantra: el dólar estable es el nuevo blindaje político. Milei ganó tiempo y legitimidad a fuerza de inacción. Los empresarios locales, endeudados hasta el cuello en obligaciones en dólares, lo apoyan: una devaluación les partiría el patrimonio. Es la nueva alianza de poder: el gobierno libertario y el capital corporativo, unidos por el miedo a la flotación.
El costo político del ancla
El ancla cambiaria tiene un precio. La recesión se profundiza, el consumo se desploma y la producción industrial toca pisos históricos. Pero el presidente no mide el éxito por el nivel de actividad, sino por la estabilidad del billete. En su tablero, la economía puede doler mientras el dólar no se mueva. La inflación baja despacio, pero la sensación de control aumenta. Y en política, la sensación vale más que la estadística.
Lo que Milei libra no es una batalla económica, sino de legitimidad. Sabe que el electorado le perdona el ajuste, pero no el caos. Si logra mantener el dólar estable, puede gobernar. Si lo pierde, lo pierden. No hay metáfora más precisa del poder argentino.
La escena se repite en cada café de la city: economistas que discuten si el esquema de bandas durará, brokers que miran el blue con pánico y un presidente que se aferra a un precio como si fuera su cruz. En el fondo, todos saben que el dólar no es sólo una variable: es el pacto tácito entre la sociedad y el poder.
El pragmatismo del converso
El Milei que alguna vez gritó contra el “estatismo degenerado” se convirtió en un pragmático que administra los límites de su propio dogma. No rompió el sistema: aprendió a usarlo. Hoy su gobierno flota sobre una paradoja perfecta: un libertario que sostiene el control de cambios y defiende la intervención del Estado como escudo del mercado.
Quizás por eso, los que lo subestimaron como un cometa fugaz hoy vuelven a observarlo con respeto. Entendió que la economía no se maneja con ideología, sino con tiempo. Y el dólar, estable aunque artificial, le da precisamente eso: tiempo político.
Puede perder ministros, votos o aliados internacionales, pero mientras la moneda verde no se dispare, Milei conserva su activo más preciado: la percepción de control. No hay confianza sin tipo de cambio estable, ni poder sin confianza. En esa alquimia se juega su destino.
El dólar dejó de ser una moneda: es el estabilizador social que sostiene al Presidente y a la ilusión de orden.
Entre la fe libertaria y el pragmatismo absoluto, Milei gobierna con una certeza: sin dólar quieto, no hay poder.

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