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La relación entre el Presidente y su Vice quedó rota. Javier Milei acelera con Patricia Bullrich como nuevo alfil política, mientras Victoria Villarruel, sin retorno, comienza a construir su propio espacio. El gobierno pierde cohesión y se reconfigura el mapa del poder.
Política 14/07/2025Por Vanina Sosa
La crisis entre Javier Milei y Victoria Villarruel no es nueva, pero esta vez cruzó el umbral del retorno. Tras la sesión en el Senado que aprobó leyes clave impulsadas por la oposición, con la vice al frente del recinto, el Presidente se refugió en una puesta en escena con Patricia Bullrich, la principal crítica interna de Villarruel. Ya no se trata de tensiones: son dos gobiernos paralelos que conviven en silencio hostil.
Milei sepultó Villarruel como traidora, la Vice por su parte, rompió el silencio en redes sociales con una serie de respuestas cargadas de veneno: cuestionó los viajes presidenciales, los fondos reservados de la inteligencia estatal y, con tono áspero, habló de "vivir en paz los que no robamos". Nadie en la Casa Rosada lo dijo abiertamente, pero tomaron nota. La relación está dinamitada.
El Presidente buscó recuperarse rápidamente con un gesto simbólico: desayunó con Bullrich, lo subió a redes y habló del "camino a octubre". La ministra devolvió con guiños de campaña. El mensaje fue doble: cerrar filas con el ala dura del mileísmo y aislar a Villarruel, que se convirtió en una figura sin espacio ni interlocución dentro del Ejecutivo.
Villarruel, entre la orfandad y la construcción
La Presidenta Provinsional del Senado sabe que ya no hay retorno. Quedó sola, pero también libre. Y eso, en política, no es un dato menor. En las últimas semanas empezó a activar conversaciones con bloques provinciales, parte del peronismo no K y sectores nacionalistas duros que Milei está dejando huérfanos. Su discurso ya no se alinea con el anarcocapitalismo del Presidente, sino con una sensibilidad conservadora clásica que le habla a jubilados, veteranos, fuerzas de seguridad y católicos desencantados.
Villarruel comprende que el ultraliberalismo mileísta no construye poder territorial ni institucional. Por eso, empieza a ensayar otra arquitectura: un polo de derecha nacional que pueda contener parte del voto libertario, pero sumando a los sectores que Milei desprecia: el peronismo republicano, los gobernadores que necesitan orden, y hasta senadores con los que convive en la cámara.
Lo hace sin alardes, pero con gestos claros. Manejando sus propias redes, sin asesores, respondiendo una por una las críticas. Cada mensaje suyo es una declaración de autonomía. En una de esas respuestas lanzó una de las frases más punzantes de la interna: "Cuando el Presidente decida comportarse adultamente, podré saber cuáles son sus políticas". No fue una chicana: fue una ruptura institucional hecha pública.
El juego de octubre ya comenzó
En el entorno de Milei se ilusionan con una lista encabezada por Bullrich para octubre. Creen que una campaña dura, sin concesiones, puede blindar el proyecto mileísta y renovar el Congreso. Pero esa jugada tiene costo: profundiza la fractura interna, acelera la radicalización y deja fuera a quienes podrían construir alianzas transversales. La apuesta es de todo o nada. Y Villarruel ya no está en ese todo.
El gobierno llegó a este punto con una imagen desgastada, sin mayoría legislativa y sin anclaje territorial. La sesión en el Senado dejó al descubierto que ni siquiera el oficialismo puede evitar la derrota cuando decide no jugar. Bullrich ataca con retórica de orden, pero no tiene base parlamentaria. Villarruel, en cambio, empieza a armar con lógica institucional: alianzas, votos, presencia.
La vice no tiene estructura, pero tiene lapicera en el Senado, manejo simbólico de ciertos temas sensibles y una narrativa propia. Sabe que si no juega, la evaporan. Por eso juega. Y juega sola.
La fractura entre Milei y Villarruel es más que una interna. Es el síntoma de un proyecto sin red, sin coalición y sin mediaciones. Mientras el Presidente profundiza su relato con Bullrich como escudera, la Vice comienza a ocupar el vacío que deja la falta de política. No hay reconciliación posible: hay dos caminos que ya se bifurcaron. Uno es vertical y cerrado. El otro, incierto pero real. La guerra está declarada. Y el ajedrez de octubre, en marcha. ¿Qué pasaría si Villarruel rompiera con la narrativa procesista y comience con una retórica más cercana al peronismo duro?
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