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Sin facultades delegadas y con el Congreso cada vez más activo, el presidente insiste en confrontar con las provincias. La estrategia de polarizar sin acuerdos expone la fragilidad del poder real del oficialismo.
Política 09/07/2025
El presidente Javier Milei volvió a escalar en su disputa con los gobernadores, justo cuando pierde una de las pocas herramientas formales que había conseguido: las facultades delegadas. En plena celebración del 9 de julio, decidió no asistir al acto central en Tucumán, en un contexto de ausencias masivas de mandatarios provinciales, y eligió confrontar desde los micrófonos con acusaciones directas: "quieren destruir al gobierno nacional".
La puesta en escena tuvo todos los componentes del estilo presidencial: desdén por la lógica institucional, victimismo discursivo, ataques sin matices y una narrativa de éxito que contrasta con el aislamiento interno. Mientras Milei se vanagloria de un "milagro económico argentino", la realidad política le muestra que su gobierno depende cada vez más de adversarios que no está dispuesto a reconocer como interlocutores.
El conflicto por la coparticipación y los fondos para las provincias no es nuevo, pero la decisión de escalarlo permanentemente deja en evidencia un rasgo que atraviesa toda la gestión libertaria: Milei no negocia. Su relato de pureza doctrinaria y guerra contra la casta lo lleva a bloquear toda posibilidad de construir una gobernabilidad que no sea por imposición o decreto. Pero ese recurso también llegó a su límite.
Con el vencimiento del plazo para el uso de las facultades delegadas, Milei pierde un margen clave para continuar con su plan de reformas sin pasar por el Congreso. Fueron doce meses con más de sesenta decretos que buscaron desmantelar estructuras estatales, eliminar leyes vigentes y avanzar en la desregulación de sectores completos. Esa etapa concluyó. Ahora cada reforma necesitará mayorías legislativas que el presidente no tiene, ni parece interesado en conseguir.
La realidad es que Milei se enfrenta a un Congreso donde incluso sus aliados circunstanciales muestran signos de autonomía. Los gobernadores, que hasta hace poco buscaban algún grado de cooperación, hoy avanzan en sus propios proyectos, presionan con sus legisladores y vacían de respaldo los actos presidenciales. La vigilia por el Día de la Independencia fue una postal brutal de ese vacío: sin interlocutores en Tucumán, sin plan B en Buenos Aires y con excusas meteorológicas que ni el Servicio Meteorológico confirmó.
El gobierno intenta sostener una imagen de fortaleza simbólica mientras se debilita su capacidad de acción. La retórica de la "libertad que arrasa" se choca con la traba de cualquier artículo en el Senado. Y ese es el dilema que Milei no logra resolver: sin negociación, no hay ley. Y sin leyes, no hay reformas. La única alternativa que parece ofrecer es el conflicto permanente, incluso con quienes podrían brindarle las herramientas para sostener su agenda.
Los ataques verbales contra los gobernadores no sólo radicalizan la oposición, sino que refuerzan la idea de que el presidente elige el aislamiento como única estrategia. En su visión, todo cuestionamiento es parte de una conspiración contra el "milagro argentino". Pero en el barro de la realpolitik, las conspiraciones suelen ser mucho menos sofisticadas: se trata de intereses, y Milei no está leyendo bien cuáles son los ajenos ni cuál es su margen propio.
A medida que el oficialismo se encierra en su bunker ideológico, también se aleja del pragmatismo que requiere el arte de gobernar. La política, incluso para un outsider, exige acuerdos. La confrontación constante desgasta el relato de pureza y transforma cada acto institucional en una pulseada innecesaria. El 9 de julio pudo haber sido una oportunidad para tejer puentes con los gobernadores. Milei eligió evitar el escenario, como si el silencio o la neblina pudieran disimular una debilidad que ya es evidente.
La visión hipercentralizada del poder, donde todo pasa por su figura, deja vacío el espacio de articulación con los territorios. Ninguna reforma estructural se sostiene sin provincias alineadas o al menos contenidas. El kirchnerismo, al que Milei combate con fervor, entendió esto desde su primer mandato. El libertarismo, en cambio, parece ignorar esa lógica federal, pretendiendo imponer desde Buenos Aires un modelo económico que no se discute ni se ajusta, sin medir el costo institucional.
La falta de gestos hacia los gobernadores, sumada a los recortes de fondos y a la ausencia de una agenda compartida, alimenta una oposición cada vez más articulada. La aprobación de leyes en el Congreso sin el apoyo del oficialismo, el crecimiento del protagonismo legislativo y el uso político de las fechas patrias por parte de las provincias marcan un nuevo escenario donde el presidente ya no tiene el control narrativo.
En los pasillos del Congreso y las gobernaciones hay una pregunta que empieza a circular con más frecuencia: ¿hasta cuándo durará este modelo de confrontación unilateral? La ausencia de acuerdos no sólo pone en jaque la agenda libertaria, sino también la estabilidad institucional. Milei, que llegó como la expresión de una ruptura, hoy corre el riesgo de quedar atrapado en su propio laberinto.
La pregunta clave no es si Milei tiene razón en algunas de sus críticas, sino si está dispuesto a ejercer el poder con eficacia. Y para eso necesita construir mayorías, tejer alianzas, reconocer autonomías, ceder espacios y evitar que el relato lo aísle de la realidad. Cada vez que decide subir el tono contra las provincias, se aleja un poco más de esa posibilidad.
El presidente teme, en el fondo, que cualquier concesión debilite su narrativa. Pero lo que hoy está en juego no es un relato sino la posibilidad misma de gobernar. Ya no se trata de discursos ni de enemigos imaginarios: Milei tiene el poder formal, pero cada vez menos poder real. Si no cambia de estrategia, su hegemonía simbólica podría derrumbarse ante la primera derrota legislativa.
La realidad es que Milei se enfrenta a un Congreso donde incluso sus aliados circunstanciales muestran signos de autonomía. Los gobernadores, que hasta hace poco buscaban algún grado de cooperación, hoy avanzan en sus propios proyectos, presionan con sus legisladores y vacían de respaldo los actos.

La Casa Rosada avala solo el rollover y veta el endeudamiento extra, pese a que otras provincias con más gasto real fueron habilitadas. No es fiscal: es un mensaje claro para disciplinar al distrito que mueve el 40% del PBI.

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