Bullrich presiona a Milei para soltarle la mano a Adorni

La crisis alrededor de Manuel Adorni ya dividió al corazón libertario. Patricia Bullrich exige una salida rápida para evitar un desgaste mayor del Gobierno, mientras Javier y Karina Milei resisten el pedido y sostienen a un funcionario cercado por denuncias, testimonios y una caída de imagen que ya preocupa al oficialismo.
Política 06/05/2026

NOTA BULLRICHEn Los Ángeles, Javier Milei intentaba hablar de economía global ante el Instituto Milken mientras en Buenos Aires el Gobierno ardía por dentro. La escena es casi cinematográfica: el Presidente lejos del país, el jefe de Gabinete bajo fuego judicial y una reunión de ministros convertida en potencial campo de batalla. En el centro de todo aparece Patricia Bullrich, que ya dejó de disimular su postura y empuja, cada vez con menos sutileza, la salida de Manuel Adorni del gabinete nacional.

No es solamente una diferencia táctica. Es una pelea por supervivencia política. Bullrich entiende algo que varios ministros comentan en voz baja hace semanas: el problema dejó de ser la causa judicial y pasó a ser el deterioro cotidiano del Gobierno. Cada nuevo testimonio, cada revelación patrimonial y cada sospecha sobre propiedades, contratos o pagos informales consume agenda, erosiona credibilidad y paraliza la iniciativa política de la Casa Rosada.

La exministra de Seguridad ya le transmitió a Milei su posición y promete reiterarla cara a cara en la reunión prevista para el viernes. Cerca suyo sostienen que la permanencia de Adorni se volvió un problema estratégico. No por altruismo republicano ni por sensibilidad institucional. Simple cálculo de poder. Bullrich percibe que el jefe de Gabinete empieza a funcionar como un agujero negro que absorbe energía, orden y autoridad dentro del oficialismo.

Mientras tanto, ella se mueve. Viaja, arma agenda propia, cultiva vínculos regionales y se muestra cada vez más autónoma respecto de Karina Milei. La reunión con José Antonio Kast en Chile, los encuentros con dirigentes uruguayos y hasta el reencuentro amable con Mauricio Macri fueron leídos dentro del oficialismo como algo más que fotos protocolares. Son señales. Bullrich construye volumen político mientras Adorni se hunde en explicaciones que ni siquiera convencen del todo a varios integrantes del gabinete.

En la Rosada algunos ya lo admiten sin demasiada épica: la conferencia de prensa que Adorni dio para defenderse fue un desastre. No despejó dudas. Las multiplicó. Y en política, cuando un funcionario necesita explicar demasiadas veces cómo compró, cuánto gastó o de dónde salió el dinero, el problema deja de ser judicial. Empieza a ser emocional para el votante.

La interna libertaria y el miedo al efecto dominó

El problema para Milei es otro. Cree que entregar a Adorni equivaldría a mostrar debilidad. Un ministro se lo resumió crudamente: “Si lo soltás ahora, después van por vos”. Esa lógica defensiva domina hoy el núcleo duro libertario. Javier y Karina Milei decidieron blindar al jefe de Gabinete incluso cuando las encuestas internas empezaron a mostrar una caída fuerte de imagen del Gobierno.

En privado reconocen números preocupantes. Entre siete y ocho puntos menos desde que estalló el escándalo. Y el temor más profundo no es judicial. Es político. Porque Adorni ya no es solamente un funcionario. Es parte de la identidad misma del mileísmo. Fue vocero, candidato, armador mediático y ahora jefe de Gabinete. Su desgaste impacta directamente sobre la figura presidencial.

Bullrich observa esa debilidad y juega. No rompe, pero tampoco se inmola. Por eso sostiene una agenda paralela, evita quedar pegada al escándalo y empieza a posicionarse como dirigente de gestión frente a una Casa Rosada absorbida por la crisis. Incluso algunos sectores del PRO aliados con La Libertad Avanza empiezan a enviar señales de cansancio.

El trasfondo es todavía más brutal. En el oficialismo ya hay quienes especulan con sostener a Adorni solamente hasta después del Mundial, esperando que la agenda futbolera diluya el escándalo. La idea parece salida de un comité de marketing desesperado más que de un gobierno convencido de la inocencia de uno de sus hombres más importantes.

Mientras tanto, las causas avanzan, los testimonios se acumulan y la tensión interna crece. Bullrich no presiona únicamente por moralidad pública. Presiona porque entiende algo esencial del poder: cuando un gobierno pierde el control de la agenda durante demasiados días, empieza lentamente a perder el control de sí mismo.

 

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