


Educación financiera: los jóvenes muy expuestos a estafas

Brecha educativa
El nuevo relevamiento internacional “El valor de aprender”, elaborado por el Grupo Santander y la consultora IPSOS en diez países, expone una grieta que atraviesa fronteras, aunque en Argentina se vuelve más profunda.
El 66 por ciento de los encuestados globales cree tener conocimientos financieros, pero solo una minoría responde correctamente preguntas elementales sobre inflación. Cuando esa distancia entre percepción y realidad se combina con crisis económica persistente, el resultado es un terreno fértil para engaños que se multiplican a la velocidad de un clic.
El informe muestra un dato que diferencia a la Argentina del resto de la muestra: el 86 por ciento de los jóvenes afirma no haber recibido educación financiera en la escuela. Esto no es un descuido, es un vacío estructural. Un país que lidia hace décadas con inflación crónica y volatilidad cambiaria dejó la formación económica básica librada a la buena voluntad de un aula que nunca tuvo herramientas.
Ese espacio lo ocuparon las redes. Hoy un tercio de los jóvenes argentinos se educa sobre inversiones a través de influencers que simplifican la economía en promesas de libertad financiera y atajos al éxito.
La exposición al riesgo es global, pero en la Argentina adquiere otra densidad. Siete de cada diez jóvenes dicen haber recibido intentos de estafas digitales y uno de cada cuatro cayó en una. No es casualidad. Las nuevas estafas no se presentan como tales. Llegan en forma de cursos premium, comunidades de autoayuda financiera, criptomonedas milagrosas o emprendimientos digitales que aseguran ingresos imposibles.

Funcionan como variantes modernas de esquemas piramidales, con la diferencia de que ahora apuntan directamente a adolescentes que buscan una salida económica que la macro no les ofrece.
Esta industria del humo tiene sus manuales. Apela al efecto psicológico identificado como Dunning Kruger: cuanto menos sabe alguien, más cree saber. En un contexto donde faltan educación formal y herramientas de análisis, la promesa de riqueza rápida parece racional.
Y ahí opera el verdadero riesgo. Muchos jóvenes terminan endeudándose para comprar cursos de supuestos gurúes de 19 años que les prometen vidas imposibles desde Dubai. La pérdida económica es grave, pero la distorsión intelectual es mayor. Se instala la idea de que la economía real es irrelevante y que la movilidad social depende de una narrativa motivacional que nunca se cumple.
El fenómeno es global, aunque en cada país toma forma distinta. En economías más estables, estos engaños aparecen como nicho.
En la Argentina, donde la incertidumbre es parte del paisaje diario, se convierten en epidemia. Lo que falta no es ambición, sino realismo económico: entender riesgos, leer señales y distinguir entre una oportunidad y una trampa. Sin esa formación, cualquier promesa se vuelve verosímil y cualquier estafador encuentra audiencia.
El desafío no es solo educativo. Es político y económico. Un país que no ofrece previsibilidad abre la puerta a mercados paralelos de ilusión. Y la ilusión, cuando se combina con desesperación, siempre encuentra quien la explote.











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