


La mora golpea al norte y oeste: Municipios superan el 31% y crece la deuda familiar

La deuda dejó de ser una herramienta para comprar una heladera, arreglar el auto o financiar una mejora en la casa. En el conurbano bonaerense pasó a ser el mecanismo con el que miles de familias estiran ingresos que ya no alcanzan.
Según la Central de Deudores del Banco Central, procesada por el Centro de Estudios para la Ciudad y la Fundación Friedrich Ebert, la provincia de Buenos Aires tiene una tasa de mora del 20,17%, sobre el promedio nacional de 17,4%. Detrás de ese porcentaje hay alrededor de 1,84 millones de bonaerenses con atrasos superiores a 90 días.
El dato provincial ya es grave, pero esconde una desigualdad territorial todavía más dura. Los municipios del conurbano concentran algunos de los niveles más altos de deuda irregular de todo el país. Presidente Perón encabeza el ranking con 32,73%, seguido por Florencio Varela con 32,48%. Malvinas Argentinas alcanza 31,34% y San Vicente 29,92%.
Son cifras que no describen consumos extravagantes ni apuestas financieras: muestran hogares que dejaron de poder cumplir con cuotas, tarjetas, préstamos personales y compromisos tomados para sostener gastos corrientes.
La explicación está en la economía cotidiana. Cuando el salario pierde capacidad de compra y los servicios, alimentos, alquileres y transporte absorben una proporción creciente del ingreso, la deuda empieza a cubrir lo que antes se pagaba al contado. Primero se financia una compra grande. Después, el resumen de la tarjeta. Finalmente, el supermercado.
El problema aparece cuando el crédito que debía resolver una urgencia se convierte en un gasto fijo más y la tasa de interés empieza a correr más rápido que los ingresos.
El mapa de la mora también es el mapa del ajuste
El conurbano lleva la peor parte porque reúne varios factores al mismo tiempo: alta densidad poblacional, salarios más bajos, informalidad laboral, largos viajes al trabajo, mayor peso del alquiler y una fuerte dependencia del consumo interno. Cuando la actividad se enfría, el golpe llega a comercios, talleres, trabajadores por cuenta propia y pequeñas industrias. No siempre hay despido formal. Muchas veces hay menos horas, menos changas, menos ventas y una caída silenciosa del ingreso familiar.
Por eso la morosidad no puede leerse como una suma de malas decisiones individuales. Una tasa superior al 30% en Presidente Perón, Florencio Varela o Malvinas Argentinas no surge porque un tercio de la población haya olvidado de pronto cómo administrar su dinero. Surge porque muchos sectores quedaron obligados a financiar su vida corriente con ingresos insuficientes. La deuda funciona como amortiguador social hasta que deja de amortiguar y empieza a hundir.
El fenómeno también alcanza a distritos industriales y logísticos. Zárate registra 26,05%, Ensenada 24,55%, Campana 23,69% y Cañuelas 23,23%. Allí la mora convive con economías locales vinculadas a fábricas, puertos, transporte y servicios productivos. La actividad no garantiza capacidad de pago cuando retroceden los salarios y las empresas ajustan.
La comparación con el promedio nacional permite medir la gravedad. Buenos Aires concentra 1,84 millones de personas con deuda irregular sobre un total de 4,86 millones en todo el país. Es decir, casi cuatro de cada diez deudores morosos viven en territorio bonaerense. La provincia carga con una parte desproporcionada del deterioro social porque también concentra población, empleo industrial, pobreza urbana y buena parte de los efectos contractivos del programa económico.
El mapa elaborado por el CEC y la FES también muestra que la crisis no se limita al área metropolitana. Municipios del interior presentan dificultades crecientes, aunque el conurbano exhibe la combinación más explosiva entre volumen de población y tasas elevadas. Allí, cada punto porcentual representa miles de familias que acumulan intereses, refinancian saldos y empiezan a quedar afuera del crédito formal.
La consecuencia política no terminó de aparecer en toda su dimensión. Una familia endeudada puede sostener durante meses la ilusión de normalidad porque sigue consumiendo. Pero cuando la tarjeta se bloquea, el préstamo se refinancia y el ingreso ya no cubre ni la cuota mínima, la recesión deja de ser una discusión estadística. Se vuelve una experiencia doméstica y concreta.
La deuda familiar permitió ocultar durante un tiempo la caída del poder adquisitivo. Ahora empieza a revelar el costo real del ajuste. El Gobierno puede celebrar equilibrio fiscal y desaceleración inflacionaria, pero en el conurbano las cuentas se están ordenando de otra manera: vencen, se acumulan y dejan a millones mirando un resumen que ya no pueden pagar.
Cuando la estabilidad macroeconómica necesita que las familias vivan en mora, el orden de arriba se parece demasiado al desorden de abajo.


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