


Armamentismo: Milei se militariza para correr a Villarruel por derecha

Interna libertaria, poder militar y negocios estratégicos
El sable corvo no fue un desliz emocional ni una escena improvisada por el fervor patriótico del Presidente. Fue un gesto político medido, una postal pensada para circular y un mensaje cifrado hacia adentro del poder. Javier Milei decidió meterse de lleno en el terreno simbólico que hasta ahora dominaba Victoria Villarruel: el del orden, las Fuerzas Armadas y el nacionalismo de cuartel. No por convicción histórica, sino por necesidad política.
Desde que Villarruel consolidó su imagen como la dirigente con mejor diferencial positivo detrás del propio Milei y comenzó a construir autonomía narrativa, el Presidente entendió que la interna libertaria dejó de ser silenciosa. El votante que acompañó la fórmula en 2023 por la vicepresidenta no es intercambiable ni cautivo. Y Milei, que no cree en herencias simbólicas, salió a disputarlo con el único lenguaje que reconoce: el de la confrontación directa.
Militarización discursiva y compras estratégicas
La ofensiva no se quedó en lo simbólico. En paralelo al giro discursivo, el Gobierno reactivó una agenda de adquisiciones militares que había quedado en suspenso por la fragilidad económica. Tras el encuentro con Emmanuel Macron, Milei volvió a poner sobre la mesa la decisión política de avanzar con la compra de submarinos clase Scorpène y lanchas OPV Gowind, una operación cercana a los 2.000 millones de dólares que sería ejecutada por el astillero francés Naval Group.
El dato no es menor. Desde el hundimiento del ARA San Juan, la Argentina no cuenta con fuerza submarina operativa. Recuperarla es una deuda real del sistema de defensa. Pero el problema no está en el qué, sino en el cómo y con quién. Naval Group arrastra un prontuario internacional que incomoda incluso a sus aliados. Denuncias por sobornos, intermediaciones opacas y contratos cuestionados en Pakistán, Malasia, India y Brasil forman parte de su historial.
Las investigaciones internacionales no hablan de hechos aislados sino de prácticas sistemáticas. Durante los años noventa, los llamados “gastos comerciales excepcionales” funcionaron como una ingeniería legalizada para el pago de comisiones y retornos, muchas veces con participación directa del Estado francés. Nada de esto aparece en el relato oficial, que presenta las compras como actos de soberanía mientras terceriza capacidades estratégicas.
A este esquema se suma el antecedente reciente que recae sobre el Ministerio de Seguridad. La Auditoría General de la Nación cuestionó la compra directa de lanchas a Israel por sobreprecios y falta de transparencia. Pese a ello, el Gobierno avanzó con nuevo financiamiento externo para adquirir helicópteros navales livianos, reforzando un patrón donde la urgencia política se impone sobre la planificación de largo plazo.
Defensa nacional o alineamiento ideológico
El contraste más evidente aparece en tierra firme. Mientras se anuncian compras millonarias en el exterior, la modernización del Tanque Argentino Mediano quedó virtualmente desactivada. El ajuste fiscal, las restricciones del Banco Central y el cierre de TAMSE terminaron de asfixiar un proyecto que integraba desarrollo industrial, tecnología nacional y cooperación regional.
En su lugar, el Gobierno optó por avanzar con la compra de vehículos Stryker usados a Estados Unidos. La decisión se presentó como pragmática y eficiente. Sin embargo, dentro del Ejército la evaluación fue distinta. Los Stryker no son anfibios, tienen menor vida útil y mayores costos de mantenimiento. Además, limitan la transferencia tecnológica y la producción local.
Brasil ofrecía una alternativa superadora con los vehículos Guaraní: nuevos, interoperables, con componentes argentinos y transferencia de tecnología. El costo por unidad era menor y la logística regional estaba garantizada. Pero la opción brasileña no encajaba en el alineamiento ideológico del Gobierno, que privilegió la foto atlántica antes que la cadena productiva regional.
Así, el nacionalismo que Milei ensaya hacia adentro se diluye cuando se observan los intereses que ordenan su política de defensa. La épica militar funciona como herramienta de disputa interna, no como proyecto estratégico. El Presidente no busca construir poder militar autónomo, sino apropiarse de una narrativa que hoy le resulta ajena y peligrosa.
En esa tensión se juega algo más que una interna. Se define si la defensa será una política de Estado o un insumo táctico para una batalla de poder. Por ahora, Milei eligió el camino más corto: vestirse de comandante, hablar de soberanía y comprar afuera. En política, como en la guerra, no siempre gana el que grita más fuerte, sino el que entiende dónde pisa. Y ese terreno, hoy, todavía no le pertenece.
La épica militar del “Peluca” se mezcla con elementos que refuerzan la dependencia externa y dejan afuera a la industria nacional.
El discurso de soberanía convive con decisiones que debilitan la autonomía industrial y rompen la integración regional.









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