


Fentanilo: Ocultaban bacterias y liberaban lotes para vender

Laboratorios Ramallo
La causa del fentanilo contaminado ya no es un caso de laboratorio que se le fue la mano. Es un caso de laboratorio que decidió mirar para otro lado mientras contaba billetes.
Esta semana declararon nuevos testigos ante el juez Kreplak y el cuadro quedó pintado de cuerpo entero. Los controles de esterilidad -esos que tienen que durar 14 días para garantizar que la ampolla esté limpia- se hacían a las apuradas porque llegaba la orden de arriba: “Hay que vender”. Cuando el cultivo salía positivo, con bacterias adentro, no se paralizaba nada. Se anotaba en un cuaderno… y ese cuaderno desaparecía si se venía inspección de la ANMAT. Palabra textual de quien lo vio todos los días: “Se sabía que se vendían igual”.
No fue un error de un turno, ni un lote perdido. Fue política de empresa. Chats internos, cuadernos que se evaporan, protocolos recortados. El resultado: 173 muertos confirmados y la causa ya comparada con Cromañón y Once por la cantidad de víctimas y por la frialdad del cálculo.
Kreplak no afloja. Ya tiene 14 procesados -dueños, directores técnicos, gerentes- por adulteración de medicamentos con resultado de muerte. El delito más grave que existe cuando un remedio se convierte en veneno. Los allanamientos siguen, los teléfonos vibran con nuevos llamados a indagatoria y la sensación es que esto recién arranca.
Mientras tanto, en los hospitales siguen llegando familiares que preguntan por qué su hijo, su marido o su padre entró por una cirugía de rutina y salió en un cajón. Y la respuesta está en esos cuadernos que ya no existen y en la frase que resume todo: “Había que vender”.
En Argentina, parece, a veces la salud también tiene precio de salida. Y cuando se paga con vidas, la factura llega tarde pero llega completa.









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