


Sin "plan platita" y con los grandes centros urbanos en contra, el Gobierno entra en su zona de mayor riesgo electoral

El Gobierno decidió jugar una partida de alto riesgo. En plena antesala electoral, Javier Milei cerró la puerta a cualquier esquema de alivio económico que recuerde a los tradicionales "planes platita" y ratificó que sostendrá el ajuste aun cuando eso implique pagar costos políticos. La definición no llega en un vacío: aparece mientras distintos indicadores muestran un deterioro persistente del consumo, del salario real y del humor social, especialmente en los grandes centros urbanos donde vive la mayor parte del electorado argentino.
La estrategia libertaria tiene una lógica económica clara, pero también un límite político cada vez más visible. El propio economista y cofundador de la Fundación Blockchain Argentina, Roberto Rojas, advirtió que el Gobierno atraviesa un "cuello de botella" producto de la transformación productiva que impulsa. Su diagnóstico es simple: los sectores que hoy se benefician con el nuevo esquema económico no son los mismos que concentran el mayor volumen de votantes.
La macro resiste, pero la micro empieza a votar
Rojas sostiene que actividades como la minería muestran indicadores extraordinarios. El sector creció 15,8% y se convirtió en uno de los motores de las exportaciones. Sin embargo, ese éxito tiene una limitación estructural: genera mucho empleo durante la etapa de inversión, pero una vez iniciada la explotación necesita mucha menos mano de obra.
La consecuencia política aparece rápidamente. Mientras la economía exportadora mejora sus números, los grandes conglomerados urbanos siguen enfrentando salarios deteriorados, menor consumo y dificultades para sostener el ingreso familiar.
El propio Presidente reforzó esa línea al descartar cualquier modificación del rumbo económico. "Conmigo no", respondió cuando le preguntaron por un eventual "plan platita". Incluso aseguró que está dispuesto a "morir con las botas puestas" antes que abandonar el equilibrio fiscal.
Ese discurso se complementó con otra frase que generó fuerte rechazo cuando habló del endeudamiento de las familias. "¿Les pusieron una pistola en la cabeza para hacerlo?", respondió al ser consultado sobre quienes tomaron créditos y hoy no pueden pagarlos.
El problema es que los números cuentan otra historia. Según el Monitor de Opinión Pública de Zentrix Consultora, el 61,9% de los argentinos tomó deuda durante los últimos seis meses y más de la mitad lo hizo para comprar alimentos, pagar servicios o cubrir gastos esenciales. Al mismo tiempo, el Banco Central registra 20,9 millones de personas con financiamiento vigente y cerca de 5,8 millones presentan atrasos superiores a los 90 días.
La discusión ya no parece pasar por la responsabilidad individual sino por la pérdida del salario como principal fuente de sustento. Cuando el crédito reemplaza al ingreso, la deuda deja de ser una elección para transformarse en un síntoma.
Ese escenario comienza a reflejarse también en el plano político. Los relevamientos más recientes muestran que el rechazo al Gobierno ronda el 65% en los grandes centros urbanos y alcanza sus niveles más altos entre quienes tienen entre 30 y 49 años, justamente la población económicamente activa que concentra empleo, consumo, alquileres, crianza y endeudamiento. Son los llamados "perdedores" del actual modelo económico, utilizando la propia caracterización de Roberto Rojas.
Paradójicamente, esa pérdida de respaldo todavía no encuentra un beneficiario claro. La oposición continúa fragmentada y no consigue convertir el malestar social en una alternativa electoral consolidada. Pero esa ventaja para el oficialismo podría tener fecha de vencimiento.
En política existe una regla conocida: los electorados pueden soportar sacrificios durante un tiempo si creen que el esfuerzo tendrá recompensa. Cuando esa expectativa empieza a desaparecer, el desgaste suele acelerarse mucho más rápido que los indicadores económicos.
El Gobierno apuesta a que la estabilidad macroeconómica termine ordenando el resto de las variables. Sus críticos sostienen que ocurre exactamente al revés y que la economía cotidiana termina imponiendo sus propios tiempos sobre cualquier relato oficial. Si esa brecha continúa ampliándose, la discusión de 2027 probablemente ya no pase por la coherencia ideológica del programa económico, sino por algo mucho más sencillo y mucho más decisivo: cuánto tiempo una sociedad está dispuesta a esperar cuando siente que la recuperación siempre empieza... pero nunca llega hasta su propia mesa.


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