


Apps de reparto y transporte: el refugio laboral que empieza a saturarse
La economía de plataformas fue presentada durante años como una de las grandes transformaciones del mercado laboral moderno. Aplicaciones de transporte y reparto ofrecieron algo que hoy escasea en la Argentina: una puerta de entrada rápida para generar ingresos. Sin entrevistas extensas, sin estructuras empresariales complejas y con barreras de acceso relativamente bajas, miles de personas encontraron allí una salida frente a la pérdida de empleo formal o el deterioro de sus salarios.
Pero ese modelo comienza a mostrar señales de agotamiento.
Las cifras son elocuentes. Distintas estimaciones ubican en torno al millón la cantidad de trabajadores vinculados a plataformas digitales en el país. Aproximadamente 700.000 se desempeñarían en el transporte de pasajeros y otros 300.000 en reparto de alimentos y logística urbana. Detrás de esos números aparece un fenómeno que excede la innovación tecnológica: la creciente incapacidad de la economía tradicional para generar empleo de calidad.
Desde la llegada de Javier Milei al Gobierno, el empleo privado formal sufrió una fuerte contracción. Paralelamente, crecieron modalidades laborales de supervivencia como el monotributo, las changas y el trabajo en aplicaciones. Lo que inicialmente parecía una válvula de escape comenzó a transformarse en un embudo.
El problema central es simple de entender. Cuando la cantidad de conductores y repartidores crece más rápido que la demanda de viajes o pedidos, el ingreso individual inevitablemente se reduce.
Los datos de las propias compañías muestran la expansión del sector. Cabify informó alrededor de 40.000 conductores registrados y un crecimiento cercano al 25% anual. DiDi aseguró que más de 500.000 personas generaron ingresos mediante su plataforma. Uber reportó más de 350.000 usuarios conductores en la Ciudad de Buenos Aires durante el último año. Del lado del delivery, PedidosYa contabilizó 64.000 repartidores activos en mayo, mientras que Rappi había informado más de 150.000 personas realizando entregas durante 2025.
La oferta laboral crece. La demanda, no necesariamente.
El resultado es visible en las calles. Cada vez hay más motos, más autos identificados con aplicaciones y más horas de trabajo necesarias para alcanzar ingresos similares a los de meses anteriores. En otras palabras, el mercado laboral de plataformas empieza a reproducir las mismas tensiones que expulsaron trabajadores de otros sectores.
La situación se agrava por el deterioro del mercado interno. Si las familias consumen menos, también disminuyen los pedidos de comida, las compras online y parte de los viajes urbanos. La caída del poder adquisitivo termina impactando sobre quienes dependen justamente de ese consumo cotidiano para generar ingresos.
Al mismo tiempo aparecen fenómenos asociados a la saturación del sector: alquiler de cuentas, ingreso de trabajadores cada vez más jóvenes, crecimiento de la informalidad y mayores conflictos por bloqueos o suspensiones dentro de las aplicaciones.
Los especialistas observan además indicadores que sugieren cierto límite en la capacidad de absorción del sistema. La informalidad laboral volvió a crecer, aumentó el peso del trabajo independiente precario y el patentamiento de motos —uno de los termómetros indirectos de la expansión del reparto— comenzó a mostrar señales de desaceleración después de varios meses de fuerte crecimiento.
Nada de esto significa que la economía de plataformas vaya a desaparecer. Por el contrario, todo indica que seguirá ocupando un lugar relevante en el mundo del trabajo. El problema es otro: ya no alcanza para absorber por sí sola la cantidad de trabajadores que una economía estancada deja en el camino.
La gran paradoja del modelo actual es que mientras las aplicaciones siguen incorporando personas, muchos de quienes ingresan descubren que el negocio ya no es el mismo. Porque cuando cada vez más trabajadores compiten por una demanda que se enfría, la libertad de elegir horarios termina chocando contra una realidad mucho menos glamorosa: trabajar más horas para ganar menos dinero.
Y ese no es un problema tecnológico. Es un problema económico.


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