


La construcción se desploma en Buenos Aires y profundiza la parálisis de la economía real
La construcción suele ser uno de los primeros sectores en encenderse cuando una economía comienza a recuperarse. También suele ser uno de los primeros en apagarse cuando la actividad entra en zona de enfriamiento. En la Provincia de Buenos Aires, el diagnóstico que surge de los propios actores del sector es contundente: la maquinaria sigue funcionando, pero a una velocidad muy inferior a la necesaria para sostener el nivel de actividad, empleo e inversión que históricamente caracterizó al principal distrito del país.
Los datos surgen del último Estudio de Opinión Construya, realizado entre abril y mayo entre 370 profesionales de toda la cadena de valor de la construcción. El resultado expone un escenario complejo. Siete de cada diez encuestados en territorio bonaerense señalaron que su actividad se encuentra en retroceso, mientras que apenas uno de cada diez considera que su situación mejoró durante los últimos doce meses.
No se trata de una cifra menor. La construcción es una actividad con enorme capacidad de arrastre sobre el resto de la economía. Cada obra moviliza industrias proveedoras de cemento, hierro, ladrillos, cerámicos, vidrio, madera, pintura, equipamiento eléctrico, transporte y servicios profesionales. Cuando la construcción se frena, la desaceleración se expande mucho más allá de los obradores.
Un motor económico que sigue sin arrancar
La Provincia de Buenos Aires concentra buena parte de la actividad inmobiliaria, industrial y de infraestructura del país. Por eso cualquier retroceso en el sector tiene consecuencias directas sobre el empleo y sobre cientos de pequeñas y medianas empresas que dependen de la dinámica de la obra pública y privada.
El relevamiento del Grupo Construya muestra además que la incertidumbre domina las expectativas. Apenas un 32% cree que la actividad crecerá durante los próximos doce meses, mientras que un 33% espera una nueva caída. El resto considera que el escenario permanecerá prácticamente sin cambios.
Detrás de esas percepciones aparecen problemas concretos. La baja demanda encabeza las preocupaciones del sector, seguida por la escasez de financiamiento, el aumento de los costos y la menor inversión privada. Son variables que reflejan una economía donde el equilibrio macroeconómico todavía no logra transformarse en mayor dinamismo productivo.
Los números del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) ayudan a completar el cuadro. El Índice del Costo de la Construcción aumentó 2,7% durante mayo, acumula una suba de 12,8% en lo que va del año y registra un incremento interanual del 29%.
Según el análisis realizado por el Centro de Estudios Políticos y Económicos (CEPEC), dirigido por Leo Anzalone, la principal presión ya no proviene de los materiales, sino de la mano de obra y de los costos asociados a servicios y tarifas reguladas. Los salarios explicaron buena parte de la suba mensual, mientras que electricidad, agua y gas continúan agregando presión sobre los presupuestos de las empresas.
Paradójicamente, los materiales muestran una dinámica mucho más moderada que en años anteriores. Esto refleja un cambio importante en la estructura de costos del sector. El problema ya no pasa exclusivamente por el precio de los insumos, sino por sostener la rentabilidad en un contexto donde la demanda continúa débil y los márgenes se estrechan.
Aun así, la construcción conserva una característica histórica que aparece reflejada en la encuesta: sigue siendo percibida como una reserva de valor relevante para una parte importante de los inversores. De hecho, se mantiene entre las principales alternativas e ahorro mencionadas por los consultados.
Sin embargo, la confianza como refugio financiero no alcanza para reemplazar el volumen de actividad que genera una economía en expansión. Porque una obra que no se inicia implica menos empleo, menos consumo de materiales, menos transporte, menos producción industrial y menos movimiento económico en general. La construcción no es simplemente un sector más dentro del entramado productivo. Es uno de los grandes termómetros de la economía real. Y hoy, en la Provincia de Buenos Aires, ese termómetro sigue marcando una temperatura preocupantemente baja. La estabilización puede haber llegado a algunas variables financieras, pero en los obradores todavía se escucha más el ruido de la espera que el de las mezcladoras.
Destrucción de empleo bonaerense
La crisis de la construcción y la desaparición de empresas empleadoras no son fenómenos aislados. Por el contrario, forman parte de una misma dinámica económica donde la retracción de la actividad termina impactando sobre todo el entramado productivo. Cuando se paralizan obras privadas o se frenan proyectos de infraestructura, no solo se resiente un sector intensivo en mano de obra: también se reduce la demanda de insumos industriales, transporte, servicios profesionales, comercio y logística. Esa desaceleración se traslada luego a las pequeñas y medianas empresas que dependen de ese movimiento económico para sostener sus ventas, inversiones y planteles laborales. Los datos más recientes muestran que la economía real continúa enfrentando dificultades profundas para recuperar volumen de actividad. Y allí aparece una señal especialmente preocupante: mientras algunos indicadores macroeconómicos exhiben estabilidad, el tejido productivo sigue perdiendo empresas a un ritmo que ya no puede explicarse como una corrección coyuntural. La construcción deja de demandar, la industria produce menos, el comercio vende menos y, en ese círculo, cada cierre empresarial se convierte en una pieza más de una cadena de deterioro que golpea con especial fuerza a la provincia de Buenos Aires, principal motor económico del paí


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