


Milei pierde blindaje de “lo nuevo”: crisis y corrupción desploman imagen
Hay momentos en política en los que un liderazgo deja de ser promesa y pasa a ser evaluación. Ese punto de inflexión parece haber llegado para Javier Milei.
Las encuestas que monitorean el humor social dentro del propio gobierno muestran un deterioro que ya no se explica solo por la economía. A la caída del poder adquisitivo y la preocupación por el empleo se suma algo más corrosivo para la narrativa libertaria: la percepción de que el Presidente empieza a parecerse demasiado a aquello que juró combatir.
Los números que circulan en los despachos oficiales son incómodos. Una de las consultoras detectó que más de la mitad de los consultados considera que Milei “es más de lo mismo”. La imagen del mandatario habría perdido cerca de diez puntos desde el inicio del año y la valoración negativa supera con claridad a la positiva. En el ranking de preocupaciones aparece una novedad que altera la lógica con la que se construyó el poder libertario: corrupción encabeza la lista.
La política tiene estas ironías. Milei llegó al poder montado sobre dos promesas simples y eficaces: derrotar la inflación y barrer con la casta. El problema es que cuando esas dos columnas empiezan a crujir, el edificio completo queda expuesto.
En la vida cotidiana el malestar económico dejó de ser una estadística y pasó a sentirse en la mesa. Las mediciones que manejan en el oficialismo indican que más de la mitad de los hogares llega con dificultad a fin de mes. Dos de cada tres personas reconocen haber reducido la compra de alimentos en lo que va del año. Incluso indicadores más sutiles, como el consumo en aplicaciones de delivery, registran caídas que reflejan un clima de retracción general.
Ese deterioro también atraviesa el ánimo empresarial. Comercios y pequeñas industrias describen un quiebre reciente en la dinámica del consumo. Lo que hasta hace poco era una desaceleración gradual empezó a percibirse como una contracción brusca. En ese contexto, el capital político de Milei, que se sostenía sobre la expectativa de mejora futura, comienza a erosionarse.
Cuando el relato se agota
El otro frente delicado es simbólico. El Presidente supo capitalizar la indignación contra la dirigencia tradicional con un discurso que prometía pureza política. Pero los episodios recientes vinculados a funcionarios cercanos, viajes polémicos y decisiones que contradicen la austeridad proclamada instalaron una sospecha peligrosa para cualquier outsider: la de haber sido absorbido por el mismo sistema que criticaba.
En redes sociales, terreno donde el oficialismo solía dominar con comodidad, la conversación también empezó a cambiar de tono. Algunas mediciones registraron un salto abrupto en menciones negativas vinculadas a figuras clave del gobierno. Incluso dentro del propio ecosistema libertario se percibe menor capacidad de reacción ante las críticas.
La política no es un laboratorio de pureza sino un territorio de poder. Cuando la narrativa de la renovación se agrieta, lo que aparece es la estructura real del sistema. Gobernadores que advierten sobre tensiones fiscales, provincias con conflictos salariales, industrias que cierran o reducen actividad y una recaudación que cae con fuerza.
Algunos aliados del oficialismo empiezan a decirlo con una franqueza poco habitual. Admiten que el crecimiento económico prometido para los próximos años será desigual y que sus beneficios se concentrarán en sectores específicos como la energía o el agro. El problema es que ese crecimiento, aun si llega, no necesariamente se traducirá en bienestar homogéneo en todo el país.
Ese escenario abre un dilema clásico del poder. Un gobierno puede sobrevivir a una mala coyuntura económica si conserva la credibilidad moral que lo llevó al poder. Lo que resulta mucho más difícil es administrar simultáneamente el desgaste material y la pérdida de la superioridad ética.
Milei construyó su capital político sobre la idea de ser distinto. Ese fue su verdadero seguro de gobernabilidad, una especie de indemnidad simbólica que le permitía atravesar decisiones duras sin pagar inmediatamente el costo político. Cuando ese blindaje empieza a resquebrajarse, la evaluación se vuelve más cruda.
La política argentina conoce bien ese momento. Es cuando el dirigente que llegó como anomalía empieza a ser leído como parte del paisaje. Cuando el outsider deja de ser una excepción y pasa a integrar la lista de los de siempre.
En los pasillos del poder saben que esa transición es silenciosa pero implacable. Y una vez que ocurre, recuperar el aura original suele ser mucho más difícil que haberla construido.
Recuadro
Los números que inquietan a la Rosada
Los relevamientos que circulan en despachos oficiales muestran un deterioro claro en la percepción pública del gobierno. Una de las consultoras detectó que el 54% de los consultados considera que Javier Milei “es más de lo mismo”, un dato sensible para un liderazgo construido sobre la promesa de romper con la política tradicional. En paralelo, la imagen positiva del Presidente cayó cerca de 10 puntos en lo que va del año.
Otro estudio ubica la imagen positiva por debajo del 40%, mientras que la negativa trepa al 55% y continúa en ascenso. En la lista de preocupaciones aparece un cambio relevante: la corrupción encabeza el ranking con el 40%, seguida por el desempleo que ya alcanza el 32%.
El malestar económico se refleja en la vida cotidiana. Más de la mitad de los hogares afirma no llegar a fin de mes, y dos de cada tres personas reconocen haber reducido la compra de alimentos durante los últimos meses. Incluso el consumo digital muestra retrocesos: los pedidos de delivery cayeron alrededor de un 10% en apenas un mes.
En cuanto a expectativas, el 60% cree que la inflación seguirá subiendo el próximo mes y el 59% piensa que en dos años la situación económica será peor que la actual. Además, un 54% considera que el gobierno no está aplicando los cambios necesarios para mejorar la economía, una percepción que en noviembre pasado era del 43%.






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