Milei mejora en imagen: preocupa desempleo y pobreza

Dos encuestas muestran que el oficialismo consolidó apoyo después de las legislativas. Sin embargo, las principales preocupaciones del país son económicas: desempleo, pobreza, inseguridad y falta de propuestas de crecimiento. La oposición sigue débil.

Actualidad14/11/2025
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A veces el sistema político argentino ofrece paradojas de laboratorio. Javier Milei atraviesa su mejor momento de aprobación desde julio: 48 por ciento de imagen positiva según Opinaia, 42 por ciento de aprobación según D’Alessio IROL. Su gobierno, golpeado durante meses por la recesión y el costo social del ajuste, encuentra oxígeno en el resultado electoral del 26 de octubre. Y aun así, las encuestas que lo celebran también revelan las grietas más profundas del esquema mileísta: desempleo y pobreza como problemas número uno, la economía como preocupación central y una oposición tan marchita que su irrelevancia, más que un triunfo para el Gobierno, empieza a ser un dato de riesgo sistémico.

El primer relevamiento, de Opinaia, marca el clima político con precisión quirúrgica. La Libertad Avanza capitaliza su victoria legislativa, Milei se consolida como dirigente con mayor imagen positiva y el oficialismo observa mejoras entre jóvenes varones y sectores medios altos. Cristina Kirchner cae seis puntos, Axel Kicillof baja dos, y un 35 por ciento del país directamente no reconoce a ningún líder opositor. Es la foto de una Argentina donde el oficialismo ocupa todo el plano y la oposición juega a las escondidas con su propio desconcierto.

Pero la lectura económica de esas mismas encuestas baja la espuma: la percepción de la economía sigue siendo negativa para el 53 por ciento de la población y el 42 por ciento afirma que está peor que hace un año. La mitad del país cree que en 2026 la situación será todavía más difícil. Milei gana respaldo político, pero la economía se lo cobra por ventanilla.

 

Un gobierno que capitaliza las urnas y una oposición sin reflejos

El triunfo del oficialismo en las legislativas fue más que un resultado electoral. Funcionó como un bálsamo psicológico para un electorado que había comprado la idea de sacrificio temporal y recompensa futura. Casi el 45 por ciento de los encuestados por D’Alessio IROL dijo estar “feliz” con el resultado electoral, una cifra altísima para una economía aún en recesión. Más llamativo: incluso la mitad de quienes votaron a Provincias Unidas se declara conforme con el triunfo libertario. No es un fenómeno de aprobación, sino de resignación organizada: la oposición no ofrece alternativa y Milei aparece como único actor con proyecto.

La dispersión del peronismo y la falta de liderazgo nacional fortalecen al Presidente por contraste. El kirchnerismo conserva volumen histórico, pero sin horizonte. El peronismo no-K navega entre distritos y células provinciales sin coordinación nacional. Juntos por el Cambio dejó de existir como fuerza cohesionada. Es un escenario donde Milei se fortalece, pero también queda expuesto. La ausencia de contrapesos sólidos obliga al gobierno a ser su propia oposición interna, con riesgos crecientes de sobreconfianza.

La encuesta de Opinaia muestra un punto crucial: aunque Milei mejora su imagen, lo hace en un contexto de demanda económica creciente. El optimismo subió de manera moderada: casi el 47 por ciento de la población cree que la economía puede mejorar en el futuro cercano. Pero esa expectativa es emocional, no material. El 62 por ciento está peor que hace un año y los números del empleo formal caen mes a mes. La Argentina celebra la promesa porque carece de un escenario alternativo. La oposición, al no ocupar el espacio del futuro, deja que Milei se adueñe del relato, pero la economía se encarga de recordarle al Presidente que las palabras no compran comida.

 

El veranito del optimismo y las luces rojas 

Las dos encuestas coinciden: la inflación dejó de ser la principal preocupación. Bajó de un 90 por ciento en el inicio del mandato a un 37 por ciento en noviembre. Sin embargo, la economía como totalidad ocupa el lugar más oscuro: el 61 por ciento de los argentinos la menciona como la mayor angustia. El desempleo trepa al 53 por ciento de preocupación, la pobreza al 52, la inseguridad al 47 y la corrupción al 48. Son números que afectan al bolsillo, al plato de comida y al miedo cotidiano.

La tendencia también muestra un deslizamiento peligroso: el 52 por ciento cree que el año próximo será peor. La sociedad acompaña al Presidente porque cree en la promesa futura, no porque vea mejoras concretas. Es el tipo de apoyo que puede evaporarse con un cambio brusco en la macro. Si el dólar se mueve, si los salarios no recuperan terreno o si la apertura no trae inversiones reales, ese veranito político puede durar lo que dura un capítulo de temporada.

El discurso de crecimiento que Milei llevó a Estados Unidos habla de un país a punto de despegar. Prometió aumentos del PBI entre 7 y 10 por ciento anual. El REM, más sobrio, pronostica 4 por ciento. Pero la inversión necesita reglas estables, crédito y previsibilidad institucional. El ajuste redujo la inflación, pero destruyó más de 200 mil empleos formales y congeló el salario mínimo en niveles de supervivencia. El secreto peor guardado del oficialismo es que no habrá crecimiento sin capacidad de consumo. Y no habrá consumo sin recomposición del ingreso.

Las expectativas económicas positivas crecieron 10 puntos desde septiembre. Pero ese dato convive con una mayoría que vive peor y teme vivir peor aún. Es apoyo con dolor de estómago, convicción con dudas, confianza con reproches. Una alianza emocional sin garantías contractuales.

 

La economía real es la piedra en el zapato

El oficialismo festeja que la percepción económica mejoró levemente. Es cierto: el pesimismo bajó cinco puntos y el optimismo subió diez. Por primera vez desde julio, los optimistas superan a los pesimistas.

Pero ese optimismo es más emocional que contable. Porque cuando se le pregunta a la gente por su propia vida, no por la economía en abstracto, el clima cambia. El 62% dice estar peor que el año pasado, y el 52% cree que estará peor dentro de un año.

Los datos objetivos acompañan esa sensación: 200.000 empleos asalariados formales destruidos desde noviembre de 2023, salario mínimo congelado en $322.200, con caída real del 31% respecto al año pasados, la pobreza en torno al techo estructural, el consumo masivo planchado y las expectativas de crecimiento convertidas en un acto de fe.

La economía argentina está en la extraña situación de combinar baja de inflación con sensación de retroceso personal, una ecuación que ningún gobierno puede sostener por mucho tiempo sin mostrar resultados reales en el bolsillo.

Por eso la misma encuesta muestra que, aunque 61% cree que el esfuerzo “vale la pena”, esa paciencia tiene fecha de vencimiento: el crecimiento. Es la palabra que aparece una y otra vez en los formularios, en los focus groups y en los pasillos del Congreso.

Crecimiento, la asignatura pendiente 

El oficialismo ya lo leyó. Después del voto, Milei y Caputo calibraron discurso. Más reuniones con inversores, menos motosierra retórica. Más reforma laboral y tributaria, menos guerra santa. Más promesas de crecimiento, incluso desmedidas. Milei habló en Estados Unidos de un país que crecerá “entre 7% y 10% anual”. Caputo bajó a tierra: el REM proyecta 4%, con suerte.

El Gobierno insiste en que el equilibrio fiscal ya genera seguridad para la inversión. Pero la economía real se rige por otras variables: crédito, consumo, salarios y expectativas. El crédito no se reactivó. El consumo está anestesiado. Los salarios no despegan. Y las expectativas siguen balanceándose entre esperanza y temor.

El 52% que cree que el año próximo será peor es una alarma política. No porque sea injusto, sino porque muestra que el capital simbólico del mileísmo se está gastando más rápido de lo que la economía es capaz de responder.

La narrativa oficial explica el futuro con motor de avión, pero la pista sigue corta. El desafío es transformar un veranito post electoral en un verano real.

Milei mejora imagen tras las elecciones, pero desempleo (53%) y pobreza (52%) son las principales preocupaciones. La oposición está desarmada, pero la economía real puede romper el veranito político.

 

 

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