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title: "Alimentos imparables: la canasta en el Conurbano ya cuesta casi $648 mil"
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description: "El Índice Barrial de Precios de ISEPCI registró una suba del 2,6% en julio, contra una inflación general del 2,1%. Frutas y verduras saltaron 7,8% y una familia ya necesita más de $1,45 millones para cubrir su canasta básica total."
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date_published: "2026-08-20T08:45:00-03:00"
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# Alimentos imparables: la canasta en el Conurbano ya cuesta casi $648 mil

![NOTA 01](/download/multimedia.normal.9e02dd044a47501d.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)La desaceleración de la inflación tiene una geografía y también una composición social. El índice general puede marcar 2,1%, pero esa cifra no describe necesariamente lo que ocurre cuando una familia del Conurbano entra a la verdulería, compra carne o repone los productos básicos de almacén.

En julio, el costo de los alimentos relevados en los barrios populares bonaerenses avanzó 2,6% y volvió a correr por encima del promedio general. La diferencia parece pequeña hasta que se recuerda una obviedad económica: cuanto menor es el ingreso, mayor es la proporción que se destina a comer.

El Índice Barrial de Precios (IBP), elaborado por el Instituto de Investigación Social, Económica, Política Ciudadana (ISEPCI) mediante relevamientos en comercios de cercanía de 20 distritos del Conurbano, calculó que una familia necesitó $647.880,46 solamente para cubrir la canasta básica alimentaria durante julio. Son casi $21.000 más que si ese mismo conjunto de productos hubiera permanecido congelado apenas treinta días.

El dato adquiere otra dimensión cuando se amplía la fotografía. La canasta básica total, que incorpora además otros gastos indispensables para sostener un hogar, llegó a $1.457.731,04. Es decir, una familia necesitó prácticamente un millón y medio de pesos para cubrir consumos elementales sin ingresar todavía en ninguna definición extravagante de bienestar.

Durante los primeros siete meses de 2026, la canasta alimentaria acumuló un incremento de 20,4%, contra una inflación general del 19,3%. Esa brecha ayuda a entender por qué la estabilización macroeconómica puede convivir con una percepción mucho menos confortable en los barrios. No necesariamente se trata de que las familias "no perciban" la baja de la inflación. Perciben otra cosa: que aquello que compran todos los días continúa avanzando sobre ingresos que tienen dificultades para acompañarlo.

**La inflación del changuito tiene su propia velocidad**

El corazón del problema estuvo durante julio en las verdulerías. Frutas y verduras aumentaron 7,8% en apenas un mes. La canasta de ese rubro pasó de $107.878,90 en junio a $116.331,10 en julio y acumuló 26,4% desde diciembre. En siete meses, entonces, esos alimentos aumentaron más de siete puntos por encima del nivel general de precios.

Las carnes mostraron un comportamiento más moderado durante julio, con un incremento de 1,5%, aunque acumularon 23,11% desde diciembre. Los productos de almacén subieron 1,6% en el mes y 15,6% durante los primeros siete meses.

La composición importa. Una familia no consume un índice estadístico.

Compra determinados bienes, paga determinados servicios y distribuye un ingreso limitado entre necesidades que difícilmente pueda eliminar. Puede postergar un electrodoméstico, unas vacaciones o cambiar el automóvil. Resulta bastante más complicado postergar indefinidamente el almuerzo.

Por eso la inflación alimentaria posee una capacidad regresiva particularmente intensa. Cuando los alimentos avanzan por encima del promedio, el impacto relativo es mayor sobre los hogares que destinan buena parte de sus ingresos a cubrir necesidades básicas. Y allí aparece el verdadero problema detrás de los números del IBP: no alcanza con mirar cuánto aumentaron los precios sin observar qué ocurrió simultáneamente con los salarios.

ISEPCI advierte precisamente sobre esa divergencia. Según el análisis de su director, Isaac Rudnik, las canastas básicas avanzaron durante los primeros siete meses del año a un ritmo que los últimos registros salariales disponibles no lograron acompañar. El resultado económico es sencillo y bastante menos amable que cualquier discusión metodológica: si los gastos indispensables crecen más rápido que los ingresos, el salario real disponible se achica.

Esa pérdida no siempre aparece de manera espectacular. Se expresa en compras más pequeñas, sustitución de productos, segundas marcas, eliminación de consumos, endeudamiento familiar o utilización de la tarjeta para financiar gastos que antes podían pagarse con los ingresos del mes. Es una licuación silenciosa porque ocurre dentro de millones de decisiones domésticas.

**El Conurbano y la prueba de la economía real**

El problema adquiere especial relevancia en el Conurbano bonaerense porque allí conviven trabajadores formales, informales, jubilados, cuentapropistas y familias con estructuras de ingresos extremadamente diferentes. El relevamiento de comercios barriales permite aproximarse justamente a esa economía que muchas veces queda escondida detrás de los grandes promedios nacionales.

Hay además una cuestión política difícil de esquivar. El Gobierno construyó buena parte de la legitimidad de su programa económico alrededor de la desaceleración inflacionaria. Y es cierto que reducir la velocidad de aumento de los precios modifica sustancialmente las condiciones macroeconómicas. Pero estabilizar precios no equivale automáticamente a recuperar poder adquisitivo.

Ese segundo movimiento requiere que los ingresos consigan recomponer lo perdido y que puedan hacerlo durante un período suficientemente prolongado. Si el salario aumenta menos que la canasta que debe financiar, una inflación más baja puede convivir perfectamente con hogares cada vez más ajustados.

La diferencia es central. Inflación es la velocidad con la que suben los precios. Poder adquisitivo es cuánto puede comprarse con el ingreso disponible. Una variable puede mejorar sin que necesariamente mejore la otra.

Los $647.880 que cuesta la canasta alimentaria barrial y los más de $1,45 millones necesarios para cubrir la canasta total colocan esa discusión en términos concretos. Ya no se trata solamente de celebrar o cuestionar unas décimas del IPC, sino de preguntarse cuántos salarios alcanzan para financiar la vida cotidiana.

El Conurbano funciona así como un incómodo control de calidad de la macroeconomía. Allí la estabilización abandona los gráficos y pasa por la caja del supermercado, la carnicería y la verdulería. Y el resultado de julio muestra una fisura que merece atención: mientras la inflación general fue del 2,1%, los alimentos relevados en los barrios avanzaron 2,6%.

Puede parecer apenas medio punto. Para una estadística, acaso lo sea. Para un hogar que vuelve a hacer cuentas frente a una heladera cada vez más difícil de llenar, la distancia entre el índice y el bolsillo es bastante más grande.

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